El gobierno Lula y los desafíos de la izquierda revolucionaria

La victoria electoral de Lula es un hecho inédito en la historia brasileña. Por primera vez un obrero y un partido como el PT llegan a la presidencia del país. Esto abre una nueva etapa de la lucha de clases en Brasil. Las masas – los trabajadores y el pueblo sufrido de este país profundamente desigual – depositan en este gobierno enormes esperanzas y tienen en él grandes ilusiones.
Ilusiones tal vez aún mayores tengan los movimientos sociales de América Latina, que ven en el gobierno petista más que un aliado: un líder para enfrentar al imperio.

Lula, sin embargo, encabezará un gobierno burgués, de colaboración de clases – en el cual tendrán su lugar pesos pesados de la burguesía colonizada brasileña. Un gobierno que ya nace sometido al FMI y comprometido con las negociaciones del Alca.

Brasil está sumergido en una profunda crisis: económica, social y política. El telón de fondo e hilo conductor de todos los males en que se debate el capitalismo dependiente y periférico brasileño tiene nombre y apellido: el proceso avanzado de recolonización imperialista que el país viene sufriendo.

Lula dice que es posible atender a las demandas del pueblo – trabajo, salario, salud, educación y reforma agraria – y alcanzar la soberanía nacional sin ruptura con los colonizadores y la burguesía brasileña. Su programa de gobierno no se diferencia en casi nada del programa presentado por el candidato derrotado José Serra, del partido del presidente Cardoso.

De ahí que es recurrente en muchos análisis la máxima de Lampedusa “Es necesario que algo cambie para que todo siga igual“. Tampoco faltan – y no sin propósito – comparaciones del gobierno Lula con el del ex-presidente argentino De La Rúa.

Lula llega al gobierno antes de que se dé un ascenso y de grandes luchas de las masas. El PT fue en estos años un factor poderoso de contención de las luchas y logró desviarlas hacia el proceso electoral.

Ahora, en el gobierno, su objetivo y ambi-ción es evitar la eclosión del ascenso y usar la confianza que las masas depositan en él para construir un “pacto social“, mientras cumple las metas establecidas en el acuerdo con el FMI.

Brasil, sin embargo, con todas sus especificidades, está viviendo el mismo proceso que sacude a toda América Latina: recolonización, crisis, ascenso e izquierdización de las masas.

En ese proceso, el desafío de los desafíos es construir una alternativa de dirección revolucionaria. Tarea que no es fácil, pues nunca está demás recordar que frente a gobiernos de esta naturaleza – salvo los bolcheviques dirigidos por Lenin – innumerables grupos revolucionarios sucumbieron al oportunismo y se tornaron co-rresponsables de las derrotas – en varios casos históricas – que sobrevinieron sobre las masas. De ahí que la conducta de los revolucionarios debe seguir los pasos de Lenin que, en sus famosas Tesis de Abril, orientaba “Ningún apoyo al Gobierno Provisorio; demostrar la falsedad de todas sus promesas(…) Desenmascarar ese gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de“exigir“ que deje de ser imperialista, cosa inadmisible y que sólo despierta ilusiones“.

Una derrota del gobierno: “La esperanza venció al miedo“

La elección de Lula, antes que nada, significó una derrota del gobierno. Fue un enorme rechazo a los 8 años de gobierno FHC y a la política económica del FMI. Fue un no a la desocupación, a las pérdidas salariales, al desmantelamento de los servicios públicos, a las privatizaciones, a la entrega del país…

Una ola de indignación y de deseo de cambio se canalizó hacia el escenario electoral. Lula personificó esa voluntad de cambio. Por eso, su elección está siendo vivida como una victoria en el terreno electoral de las masas del campo y de la ciudad. También sectores importantes de la clase media votaron a Lula buscando el cambio.

La noche de la victoria, centenas de miles de personas – del norte al sur del país – fueron a las calles a festejar. La televisión pasaba repetidamente la frase de Lula: “Hoy es el día en que la esperanza venció al miedo“, refiriéndose a la campaña del candidato del gobierno que trató de sacar provecho de la crisis y mostrar que Lula sería “inexperto“ para enfrentarla. Pero las masas ya estaban hartas de la “experiencia“ de FHC.
Dentro y fuera del país, el festejo es grande. Algunos llegan a la exageración de verlo como el comienzo del `gobierno de izquierda` y un parámetro internacional para un viraje, ahora que la socialdemocracia europea perdió el aliento y varios gobiernos.

Las masas ven a Lula como su gobierno, además porque Lula simbólicamente es mucho más que el PT: es un emigrante nordestino, un niño pobre que se hizo obrero metalúrgico y fue el dirigente de las grandes huelgas que sacu-dieron el país a fines de los años 70 y en la década de 80. Lula es casi un mito para la clase trabajadora y todos los explotados.

Una victoria distorsionada de las masas

El gobierno Lula, sin embargo, por sus alianzas y programa, será un gobierno burgués y de sumisión al imperialismo. La clase dominante ya se encargó – antes incluso de la elección – de robarle a las masas su conquista y de distorsionar su victoria.

La crisis por la cual pasa el país causó innumerables fisuras en la clase dominante y en la coalición partidaria que ganó y forma parte del gobierno FHC. Sectores minoritarios, pero de peso de la burguesía, se pasaron al barco de Lula. Empezando por su vice – José Alencar, del Partido Liberal – que es un gran empresario del sector textil, dueño de 11 fábricas y de un patrimonio de R$ 13 mil millones. Sectores nada marginales de la burguesía se aliaron a Lula, como Eugênio Staub, dueño de la Gradiente (grupo eletro-electrónico) y otros. Reflejando esa división, el apoyo proveniente de la superestructura política de la clase dominante fue todavía mayor. Del PMDB (o ex- PMDB), lo apoyaron dos ex-Presidentes del Brasil: Itamar Franco y José Sarney, además de figuras reconocidas y de peso, como el ex-gobernador de San Pablo Orestes Quércia. Del PFL (partido del Frente Liberal), lo apoyó ACM (Antonio Carlos Magalhães), ex-ministro de la dictadura, ex-gobernador de Bahía y ex- presidente del Senado. Del PPB (otro partido de la alianza del gobierno), se juntó a Lula el ex-ministro de Economía de la dictadura y actual Diputado Federal Delfim Neto y hasta Paulo Maluf, ícono de la dictadura y último candidato a favor del régimen militar en el 85, cuando las “Directas ya“ habían prácticamente volteado a la dictadura, declaró su voto al PT en el ballotage. Hasta en el partido del candidato de FHC (el PSDB) hubo fisuras y un sector actuó de modo “neutro“. Inclusive el Presidente Fernando Henrique Cardoso actuó más como alguien que modera y ameniza los “exabruptos“ de su candidato contra el adversario petista, que como alguien que los estimula. Las otras dos candidaturas de oposición burguesa que se presentaron en la primera vuelta – Ciro Gomes (PPS) y Antony Garotinho (PSB) – también llamaron a votar a Lula en la segunda vuelta.

Incluso la mayoría del empresariado, de los banqueros y del imperialismo, que prefería y votó a Serra, actuó en el sentido de evitar toda radicalización. No sólo no estuvo dispuesta ir para el todo o nada (como hizo en 1989, cuando improvisó un Fernando Collor) sino que actuó para “tejer una transición“ y aceptar “con naturalidad“ la “alternancia de poder“. Claro, no sin antes amarrar bien a Lula a un nuevo acuerdo con el FMI.

En 1989, el entonces presidente de la Fiesp, Mario Amato, declaró que si Lula ganara las elecciones 800 grandes empresarios se irían del país. Hoy, el actual presidente de la entidad, Horácio Lafer Piva, declara: “Es necesario que la oposición que se forma se desarme, porque muchas de las propuestas son comunes. Este es un momento de unión nacional, de darse las manos y construir.“ (diario Folha on Line – 28/10). La FIESP, según él, mantiene contactos con el equipo del PT hace semanas para colaborar en la formación del gobierno de transición, presentando ideas y debatiendo nombres, en cumplimiento de lo que llamó “papel de presión y propuestas“. En la misma línea, a todavía un mes del segundo turno, el presidente del Banco Itaú – segundo mayor banco privado brasileño – declaró en los EE.UU que “ los empresarios brasileños están preparados para apoyar un gobierno Lula“.

Esta postura de la burguesía brasileña y del propio imperialismo frente al PT – de, en la peor de las hipótesis, verlo como adversario, pero no como enemigo – se debe a dos cuestiones.

La primera, al hecho de que el PT se institucionalizó, se transformó completamente en un partido del orden burgués y defiende un programa capitalista y de rendición al imperialismo. Así lo define el economista, diputado y ex-ministro de la dictadura Delfim Neto, justificando su apoyo a Lula: “La sociedad brasileña vive un momento histórico. Hasta hace poco, el Partido de los Trabajadores tenía fuertes restricciones al mercado, exactamente como el Partido Social Demócrata alemán hasta el manifiesto de Bad Godesberg (1959) y el Partido Laborista inglés hasta la reunión de Westminster Hall (1995), cuando retiraron de sus programas todos los resquicios de marxismo que los infectaban. En su último programa (que llamamos Carta de Ribeirão Preto), el PT siguió el mismo camino. Y en la Carta al Pueblo Brasileño, de junio de este año, el señor Luiz Inácio Lula da Silva reafirmó los mecanismos de mercado para la administración económica. Hasta entonces, el PT no era parte de los partidos que aceptaban integralmente la organización política nacional construida en la Constitución de 1988. (…) La elección de 2002 da la oportunidad para que se consagre definitivamente la incorporación del Partido de los Trabajadores al cuerpo político nacional“. (revista Carta Capital – 23/10/2002)

La segunda cuestión, tal vez tan importante como la primera, tiene que ver con la profundidad de la crisis y la necesidad que ve la burguesía de tratar de evitar la eclosión de un proceso sostenido de luchas y la posibilidad de apertura de una crisis revolucionaria. El ex-presidente José Sarney (posible presidente del Congreso Nacional en un gobierno Lula) expresa con lucidez esa característica preventiva de la burguesía brasileña cuando vislumbra la posibilidad de eclo-sión de grandes luchas y ruptura en el régimen político: “Creo que Lula prestó un gran servicio al País en esta sucesión, porque con esta crisis social, con esta desocupación, la violencia urbana, con el terror que estamos viviendo, con la situación de agitación nacional, si no fuese él el hombre que es, que catalizó las esperanzas del pueblo, aseguró una sucesión tranquila, la campaña presidencial habría sido un momento de casi explosión social del país.“ (diario O Estado de São Paulo – 27/10/2002)

La “carta del editor“ – una especie de editorial – de la revista semanal del principal conglomerado de comunicación del país, se refiere a lo mismo “Electo, el candidato del PT recibió la misión de poner de pie un país que atraviesa una de las crisis más dramáticas de su historia. La economía internacional vive una etapa dificilísima. No sería una misión fácil para ninguno de los adversarios. Con los millones de votos recibidos el domingo, puede ser menos difícil para Lula“ (revista Época – 28/10/2002).

FMI da las cartas y el Alca se acelera

No obstante, el hecho más importante para la aceptación de Lula por parte de la burguesía y del imperialismo, y que distorsiona completamente la victoria que hoy sienten las masas, porque es la garantía de que su deseo de cambio será traicionado, fue el acuerdo con el FMI realizado por el gobierno, con el aval y participación de Lula.

En junio – en medio de un ataque especulativo – Lula hizo un pronuncia-miento, en el cual leyó una “Carta al pueblo Brasileño“, en realidad una carta a los banqueros para obtener un salvoconducto frente al mercado financiero, donde se comprometía a cumplir todos los contratos, mantener la Ley de Responsabilidad Fiscal, el superávit primario en las cuentas públicas y la política de metas de inflación. O sea, los pilares centrales de la política económica de FHC y del imperialismo.

En agosto, Lula fue más lejos, aceptó la “invitación“ de FHC para “conocer“ los términos del nuevo acuerdo con el FMI y para garantizarlo. Ahí se comprometió definitivamente con la continuidad empeorada de la política económica aplicada en Brasil en estos últimos 8 años. Las metas del FMI exigen más “ajuste fiscal“, más cortes presupuestarios para pagar la deuda, imponen el mantenimiento y profundización de un escenario recesivo, más desnacionalización de la economía y garantía de aumento del control del imperialismo sobre el Estado y las instituciones.
En el campo institucional, la primera medida será dar “autonomía“ al Banco Central y “elegir“ un Presidente del BC de acuerdo con lo que quiere el “mercado“.

El gobierno Lula, incluso, asumirá la co-presidencia de las negociaciones del Alca junto con los Estados Unidos. Y quien espera que Lula – como líder de América Latina – impida el Alca, va a tener que esperar sentado. Los sectores fundamentales de la burguesía brasileña van al Alca. Incluso los sectores “productivos“ (o sea, los sectores que invierten y obtienen ganancias con la producción directa, como los industriales) de quienes Lula decía ser aliado preferencial en relación a los banqueros (cosa que ya se esfumó) quiere el Alca en lo grueso, con arreglos en lo fino. Con la palabra nuevamente el Presidente de la Fiesp: “El Alca es inexorable“ (Folha on Line 28/10/2002). Lo mismo dice el propio vice de Lula “(…) a veces la gente toma posición contra el Alca sin saber lo que significa. Libre comercio significa el fin de las fronteras económicas, para ser exacto. Significa que los países estarán viviendo en una economía rigurosamente abierta. ¿Esto es bueno para Brasil? Yo pienso que sí.“ (diario Folha de São Paulo 26/10/2002)

La victoria electoral de las masas, por lo tanto, es una victoria completamente distorsionada. El gobierno Lula será un gobierno de colaboración de clases o de Frente Popular, como se conoce históricamente. Será, por lo tanto, un gobierno burgués, que – bajo la batuta del FMI – va a administrar el Estado Burgués en proceso de colonización y el capitalismo brasileño, en un momento de crisis de este.

Un gobierno de Frente Popular…

En Brasil, un gobierno de esta naturaleza es un hecho inédito. Sin embargo, gobiernos de colaboración de clases, o de unidad entre partidos obreros y sectores de la burguesía, en los cuales partidos obreros colaboracionistas ocupan un lugar preponderante, se produjeron muchísimas veces en la historia en muchos países.
El marxismo revolucionario dedicó centenas de páginas al análisis de tales gobiernos y a la formulación de una estrategia y táctica revolucionaria frente a los mismos. Y no es nada secundario volver sobre esos análisis para proceder a una evaluación marxista del gobierno Lula y sobre todo, elaborar una política revolucionaria frente al mismo, porque salvo raras excepciones el movimiento revolucionario fue presionado y acabó por naufragar en el oportunismo ante gobiernos de este tipo. Incluso, el Partido Bolchevique – antes de la llegada de Lenin a Rusia en abril de 1917 – capituló en toda a línea al Gobierno Provisorio, compuesto por Mencheviques, Socialistas Revolucionarios en alianza con la burguesía liberal. Sin el vuelco estratégico que Lenin y sus Tesis de Abril dieron en el partido, no se habría producido la revolución socialista de octubre de 1917.

Nahuel Moreno – dirigente trotskista argentino y fundador de la Liga Internacional de los Trabajadores -, ante la asunción del gobierno Mitterrand en Francia, sistematizaba en siete puntos el pensamiento de Trotsky sobre el tema:

“*El gobierno frentepopulista siempre coincide con una etapa superior de la lucha de clases.

*Es un tipo diferente de gobierno burgués.

*Tiene un claro contenido contrarrevolucionario.

*Apoyado en las organizaciones obreras conciliadoras, puede adoptar distintas formas y, dentro de ciertos límites, responder a diferentes circunstancias de la lucha de clases.

*No tiene, en sí mismo, ninguna incompatibilidad con el régimen capitalista-imperialista.

*Su propósito es desmoralizar y desmovilizar a los trabajadores, conduciéndolos a mayores sufrimientos o a derrotas históricas.

*Es un producto objetivo de la crisis de dirección revolucionaria del movimento obrero, pero ofrece a los revolucionarios la mayor, tal vez la única, oportunidad para superarla.“ (Nahuel Moreno – bajo el pseudónimo de Miguel Capa – “El gobierno Mitterrand, sus perspectivas y nuestra política“ – 1981 – Revista Desafío nº 4, julío/1993)

Los gobiernos de Frente Popular – como el de Lula – son gobiernos burgueses porque se proponen administrar el capitalismo (siempre en épocas de crisis) y el Estado burgués. Al mismo tiempo, son gobiernos burgueses anormales porque lo normal es que la clase dominante gobierne su estado, o que sea un representante directo suyo quien administre sus negocios. Esa anormalidad, un gobierno frentepopulista u obrero-capitalista, a su vez, establece también una relación completamente diferente con la conciencia tanto de las masas trabajadoras, como de los capitalistas. Los trabajadores tienden a ver ese gobierno como “su“ gobierno y la clase dominante tiende a verlo como enemigo, adversario o con desconfianza.

Por otra parte, hubo gobiernos de Frente Popular que llegaron al poder en un tremendo ascenso de masas y convivieron con un poder popular, o doble poder. Fue el caso del gobierno de Kerensky en la Rusia del 17, donde existían los soviets, o de Allende en Chile, que a pesar de haber llegado al gobierno por la vía electoral, convivió posteriormente con los cordones industriales. Otros, como el de Mitterrand en Francia, llegaron al gobierno previamente a la existencia de grandes movilizaciones y lograron evitar la generalización de las luchas, derrotándolas una por una.

… pero un Frente Popular muy distinto

El gobierno Lula es un gobierno de Frente Popular, de colaboración de clases – y por lo tanto burgués anormal, tanto en el sentido de que la mayoría de la burguesía, si fuera posible, preferiría y tendría más confianza en un gobierno directamente suyo, pero principalmente porque las masas depositan en este gobierno muchas ilusiones y expectativas. Ven a Lula – especialmente en este primer momento – como su gobierno.
Pero, al mismo tiempo, el gobierno Lula será un Frente Popular muy distinto a los diversos Frentes Populares que conocimos históricamente.
Primero, a diferencia de la mayoría de los Frentes Populares, no habrá un sector insignificante de la burguesía, o la “sombra de la burguesía“, como decía Trotsky sobre España y Francia en el 36, en el gobierno del PT. Habrá sectores importantes, pesos pesados de la clase dominante en el gobierno. La “transi-ción“ hasta la asunción de Lula, a su vez, tendrá características de unidad nacional. E, incluso, el inicio del futuro gobierno podrá tener esas características. En principio tendrá apoyo en lo grueso – en las medidas y votaciones del Congreso – posiblemente de todos los partidos burgueses y de prácticamente todas las Federaciones empresariales. La burguesía no lo ve como enemigo, como máximo un sector lo ve como adversario y con desconfianza, siendo que un amplio sector lo apoya directamente e integrará el gobierno.

La composición del gobierno – que aún no fue anunciada -, sobre todo en el área económica (Ministerio de Economía y Banco Central), independientemente de los nombres, está siendo negociada con el “mercado“, léase con toda la burguesía y con el imperialismo. Siendo que la primera medida a ser votada – en común acuerdo entre el gobierno de FHC y el PT – aún este año es la que dará autonomía al Banco Central.
Segundo, la presencia del movimiento obrero en el gobierno, a su vez, se dará prácticamente por la presencia del PT, o sea, no habrá dirigentes sindicales dirigiendo las grandes empresas públicas que restan y ni siquiera ocupando ministerios.

Tercero, siendo un Frente Popular de un país semicolonial en proceso de recolonización, el gobierno Lula no se asemeja en nada a gobiernos de colaboración de clases que existieron en las semicolonias. No guarda ninguna semejanza con Allende, por ejemplo, que expropió las minas de cobre y se enfrentó con las multinacionales imperialistas. Por el contrario, el gobierno Lula no tendrá ninguna característica antiimperialista. Éste acepta y defiende el pago de la deuda externa y el acuerdo con el FMI, incluso con la predisposición de aumentar el ajuste fiscal, si fuera necesario. Acepta dar autonomía al Banco Central, lo que significa dejar el control monetario – cambio, intereses, etc – en manos de alguien de confianza del imperialismo. Defiende la continuidad de las negociaciones del Alca, afirmando que es posible una negociación “soberana“, en realidad enfatizando en las negociaciones lo mismo que FHC y que la burguesía dependiente brasileña quiere, al igual que las multinacionales instaladas en el país: alguna apertura en el mercado de los EE.UU. para la agricultura brasileña. A cambio de espacio para vender jugo de naranja y algunos productos más, aceptan entregar el resto como quiere EE.UU.
Si pensamos en la comparación con Chile, podemos decir que Lula no tiene nada que ver con Allende y mucho con Lagos.

El propio imperialismo, especialmente el de los EE.UU, que obviamente prefería a Serra, no lo trata hoy como enemigo, busca ser cuidadoso y presionarlo para que sea más y más neoliberal. La política determinante del gobierno Bush no es la de incluirlo en el “eje del mal“, sino la de pre-sionar por más y mayores concesiones. Y Lula trata de dar señales de que no quiere ser comparado con Chávez y Castro, como declaró al diario Washington Post. El propio FHC y Arminio Fraga – actual Presidente del Banco Central y ex-empleado de George Soros – vienen funcionando como avales internacionales de Lula.

Albert Fishlow, director del Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Columbia, de Nueva York, ex- profesor de FHC, en entrevista a un diario brasileño da el tono de lo que deberán ser las relaciones del imperialismo con el gobierno. […] “pero yo creo que aún con una victoria de Lula, la situación debe mejorar dentro de los próximos cuatro a seis meses, por una razón simple va a haber una posibilidad de comprobar si Brasil está siguiendo efectivamente el acuerdo realizado con el FMI.“ […] Pero un eventual gobierno Lula podrá comprobar al FMI y al mercado financiero que seguirá la estrategia macroeconómica actual.“
-¿Usted piensa que Lula seguirá realmente esa política?
-“Él fue uno de los primeros a ratificar el acuerdo. Fue a la reunión con FHC y ya había preparado un documento en el cual dijo que el PT estaba comprometido a seguir la línea del acuerdo.“ […] en la práctica la victoria de Lula significará un cambio limitado. Será realmente la sustituición del PFL por el PT en la alianza del gobierno dentro del Congreso.“
-¿Usted cree que la relación Brasil-EE.UU en un eventual gobierno Lula tiende a ser más conflictiva?
-“No, eso no lo veo. Dentro de la secretaría del Tesoro, de la Casa Blanca, del Departamento de Estado, todos en los EE.UU. están diciendo lo mismo, que la democracia está funcionando y que, como siempre, es necesario reconocer y aceptar las decisiones nacionales.“ (Folha de San Pablo, 5/10/02)

Los principales diarios estadounidenses se refieren así a la victoria de Lula: “Lula tendrá que controlar (la expectativa) de los que esperan milagros (…) Lula pareció estar preparando a los 175 millones de brasileños para eso (en el pronunciamiento del día siguiente de la elección). Dio señales al FMI y a otras instituciones y pidió paciencia a los que lo votaron. (New York Times – 29/10/2002) “ El tono tranquilizador de Lula marcó el principio de un esfuerzo para transformar una campaña populista en un plan coherente para gobernar la Nación“ (Washington Post – 29/10/2002).

El imperialismo europeo – sin dejar de lado las exigencias – es aún mucho más amistoso en relación a Lula. Tony Blair y Jacques Chirac se apuraron a invitar a Lula para visitarlos. “El gobierno británico aguarda con expectativa poder trabajar con la nueva administración para ampliar la actual cooperación y lazos con Brasil“, dice el gobierno británico en nota oficial. Y de París, Jacques Chirac envió “las más calurosas felicitaciones“. (diario El Estado de San Pablo – 30/10/2002).
Gurúes del imperialismo, como Fred Bergsten – director del Institute for Internacional Economics de Washington – comparan a Lula con Tony Blair, Mitterrand y Felipe González.

Sin duda, el PT de hoy se parece en muchos sentidos a la socialdemocracia europea. La diferencia es que Brasil no es la Europa imperialista sino una semicolonia rumbeando de vuelta al status de colonia.

Es necesario profundizar más aquello que determina todo lo que vemos de atípico en este gobierno en relación a otros gobiernos de esa naturaleza que hubo en la historia. Nuestra hipótesis es que esas diferencias son producto de dos hechos o procesos internacionales determinantes y uno nacional: a) es un Frente Popular post-caída del muro de Berlín; b) es un Frente Popular que asciende bajo un proceso de recolonización imperialista tan profundo y avanzado que cambió la estructura productiva y el perfil de la burguesía en el país (y en toda América Latina) y no dejó espacio para la existencia de cualquier corriente nacionalista burguesa de alguna importancia, por más tímida y cobarde que sea; c) el PT se institucionalizó y se estima que tiene 150 mil de sus 300 mil afiliados en el aparato de estado – ya sea en municipios, gobiernos o en el legislativo de las tres esferas – municipal, estadual y nacional. Y el detalle es que ese Estado está siendo colonizado. El régimen – las instituiciones con las cuales el Estado gobierna – viene convirtiéndose en una “democracia colonial“. Y el PT, donde gobierna, convive con los agentes de los colonizadores, respeta y aplica, en esencia, los mandamientos imperialistas: paga la deuda pública; hace ajuste fiscal; privatiza empresas públicas etc.

Las semejanzas con De La Rúa

No son pocos – en la izquierda latinoamericana – aquellos que ven la probabilidad de que Lula, en lo concerniente a la relación con el imperialismo, se pareza a Hugo Chávez, o sea, de que acabe de un modo o de otro polarizando y desafiando a los EE.UU. A nuestro modo de ver lo más probable es que Lula se asemeje al ex-presidente De La Rúa y no a Chávez.

Evidentemente, las analogías del gobierno Lula con estos dos gobiernos son limitadas, pues ni Chávez ni el ex- gobierno De La Rúa son Frentes Populares, aunque tuvieran elementos frente populistas, o de colaboración de clases.

Sin embargo, son semejantes en lo relativo al hecho de haber sido electos por presentarse como oposición al neoliberalismo. Chávez, no obstante, llegó al gobierno como subproducto del Caracazo, en medio de un gran ascenso, con un régimen democrático burgués en ruinas. No fue un gobierno preventivo. De La Rúa – al contrario -, como Lula, ascendió antes de la crisis revolucionaria para buscar mantener la institucionalidad y tratar de mantener el modelo con algunas reformas.

Chávez al principio fue muy útil a la burguesía y al imperialismo. No tomó ninguna medida antiimperialista, aunque haya abusado de la retórica en este terreno, como también habló mucho contra la corrupción y a favor de los pobres. Se montó sobre el movimiento de masas y lo controló, mientras reconstruía una institucionalidad burguesa. Cuando sobrevino el desgaste y más fisuras interburguesas – intentó tímidas medidas antiimperialistas para mantener el apoyo de la mayoría de las masas. El hecho es que el imperialismo se irritó con las alianzas de Chávez con países árabes en defensa del precio del petróleo vía OPEP y su negativa a adherir a la guerra contra Afganistán e Irak y pasó a querer un gobierno de su entera confianza en Venezuela, lo que Chávez no es.

Lula, como De La Rúa, llegó al gobierno simbolizando el cambio para una población desgastada por el modelo neoliberal de dos mandatos de FHC (así como sucedió con Menem en Argentina), pero antes de un ascenso sostenido y de una crisis revolucionaria. Su gobierno, así como el de la Alianza UCR-Frepaso intentó en la Argentina, planea dar seguimiento en esencia a la política de FHC, esperando – después de hacer el ajuste doloroso que el FMI exige – tener algún margen de maniobra para poder reformar un poco el modelo y ofrecer a la burguesía crecimiento económico y algunas políticas sociales compensatorias a las masas.

Asume para tratar de resolver la crisis actual bajo la óptica de la burguesía y del imperialismo, o sea, para tirar todo el peso de ésta en las espaldas de los trabajadores y, al mismo tiempo, usar su prestigio entre las masas para evitar una crisis revolucionaria, convenciéndolas de aceptar el “remedio amargo“ ahora, a cambio de la promesa de días mejores después.

Paz y amor con el mercado es guerra contra los trabajadores
Prometiendo días mejores para todos, para griegos y troyanos, banqueros y trabajadores, diciendo que quiere un gobierno de unión na-cional, Lula no atacó a sus adversarios en la campaña y se decía “Lulinha paz y amor“.

Y en ese sentido se viene comprometiendo con todo lo que el “mercado“ quiere. Para que sus primeras medidas no suenen como una estafa electoral para las masas, Lula está lanzando una campaña contra el hambre, que consiste en dar bonos de alimentación a 9 millones de brasileños – de los 52 millones de miserables – en el primer año de gobierno y declarando que antes del final de su gobierno todo brasileño va a lograr comer al menos tres veces por día. Este proyecto consumirá R$ 5 mil millones del presupuesto.

Siendo que el pago de la deuda pública ya consume más del 60% del presupuesto y que de los 40% restantes, el gobierno Lula se compromete a garantizar el superávit primario exigido por el FMI: una economía de R$ 52 mil millones más para destinar también al pago de la deuda; ya se ve que el programa contra el hambre es menos que una migaja, comparado con las medidas duras que vendrán contra la clase trabajadora.

Sacando el “proyecto contra el hambre“ desde luego apoyado con entusiasmo por toda la burguesía, las demás medidas anunciadas son las “reformas estructurales“ del FMI que Cardoso no logró terminar: autonomía del Banco Central, ataque a las jubilaciones; flexibilización de la legislación laboral, exenciones fiscales para la burguesía y mantenimiento y aumento de impuestos para la clase media y parte de la clase trabajadora y contención salarial a los empleados públicos.

Una dinámica de crisis: nueva etapa de la lucha de clases

La situación mundial y latinoamericana tienden a colocar el gobierno Lula en una situación difícil en poco tiempo. Lula – por sus alianzas y programa – tendrá que seguir una política tan “pro-mercado“ como FHC, en una situación de agotamiento del modelo y de crisis mundial.
La crisis de la economía norteamericana y de la economía brasileña – que está al borde de una moratoria forzada – no dan margen de maniobra para una salida intermedia.

No sólo no existe espacio para concesiones al movimento de masas sino que será preciso redoblar los ataques al nivel de vida del pueblo.
La tendencia, por tanto, es que este gobierno se desgaste más rápidamente de lo que se espera. La situación de rebeliones y revoluciones en el continente, por otro lado, y el crecimento de la conciencia antiimperialista – también en Brasil – aliada a la tremenda crisis social ya hoy existente apuntan al resurgimiento de las luchas en el país.
En principio, como ya dijimos, la burguesía no va a atacar al gobierno de forma intransigente y va buscar darle condiciones de gobernabilidad para llevar adelante las reformas. El movimiento de masas también inicialmente dará un tiempo al gobierno, por las expectativas e ilusiones que deposita en él y también porque la dirección mayoritaria de la CUT estará contra las luchas.

Sin embargo, ni la burguesía seguirá indefinidamente en “luna de miel“ con el gobierno ni el movimiento de masas seguirá indefinidamente perdiendo conquistas y recibiendo ataques sin reaccionar.
El gobierno – apoyándose en la confianza que tiene de las masas – va a hacer de todo para ganar a los trabajadores para el “pacto social“ y desmovilizar a las masas. Va a buscar construir palmo a palmo la colaboración de clases de arriba a abajo. Desde un “Consejo consultivo“ – denominado – “Consejo de Desarrollo Económico y Social“, en el cual tendrán lugar la Federación de los Bancos, de la Industria, de los Transportes, intelectuales y “personalidades“ burguesas y tam-bién la CUT y demás centrales sindicales, hasta tratar de implicar a cada uno de los sindicatos en pactos con sus patrones. (va a apoyarse en la experiencia de acuerdos rebajados realizados por los principales sindicatos de la CUT dirigidos por su corriente en la década de 90, a través de las Cámaras Sectoriales)

Si Lula logra detener el ascenso, imponer todo el ajuste sobre el pueblo y en la base de la superexplotación y entrega del país evitar la debacle financiera, la burguesía podrá darle más tiempo.
Lo más probable, sin embargo, es la agudización de la lucha de clases. La división interburguesa para ver quién disputa o gana el status de socio menor mejor ubicado para quedarse con bocados más grandes del botín imperialista sobre el Estado va a acentuarse. Por otra parte, independientemente de los ritmos, es poco probable que la clase trabajadora no reaccione ante los ataques que va a sufrir.

La izquierda y el gobierno Lula

El desafío de la izquierda brasileña en la nueva etapa es forjar un partido revolucionario de masas altenativo al PT, que se postule como oposición de izquierda al gobierno Lula. Para esto, es necesario en este período preparatorio, antes aún de un gran ascenso, tener una estrategia, un programa y una política revolucionaria clara. Tarea que no es simple; los desafíos son inmensos y exigen una dirección a la altura de los acontecimientos, lo que pondrá a todos a prueba.

No se trata de ser sectario, de no tomar en cuenta las ilusiones de las masas y su conciencia o de no adaptar las tácticas a éstas. Pero la historia demuestra que el mayor peligro que ronda a los revolucionarios en etapas de gobiernos de colaboración de clases es el del oportunismo.
En su texto sobre el frente popular en Francia, Nahuel Moreno sistematizaba así la política leninista frente a tales gobiernos:
“(…) se hace imprescindible desenmascararlo diariamente (…) Para que las masas, con falsas ilusiones, puedan entender nuestra propuesta, la política revolucionaria debe poseer dos aspectos: la explicación, por la negativa, del carácter traidor y contrarrevolucionario del gobierno, que debe ser sistemática, (…) y la colocación, por la positiva, de qué gobierno proponemos en su lugar, aunque al principio no digamos directamente “Abajo el actual gobierno“. (…) Al principio los bolcheviques no llamaron a derribar al Gobierno Provisorio (..) Pero, desde el primer día Lenin proclamó (…) “ninguna confianza en Kerensky“ y pasó a desarrollar campañas contra éste, denunciando sin piedad cada una y todas sus medidas. (…) Su único límite fue el de no llamar a tirar abajo inmediatamente al gobierno, mientras las masas no compartiesen ese planteo, y adaptar, cuidadosamente, la alternativa de poder – o sea, la colocación positiva de qué tipo de gobierno queremos – a las circunstancias que se transformaban.“

En la izquierda brasileña es urgente debatir sobre la estrategia y la política de los socialistas bajo ese nuevo gobierno. Esta discusión seguramente es polémica pero extremadamente necesaria.

Lula con la FIESP y el FMI ¿eso puede ser un gobierno progresista“?

Antes de llegar al gobierno central, el PT ya era un obstáculo para una ruptura de las masas con la recolonización imperialista, la explotación y la institucionalidad burguesa. Hoy, en el gobierno central, sufrió una cambio cualitativo: pasó a ser el agente directo de la aplicación del proyecto burgués e imperialista en el país.

En la izquierda, sin embargo, hay, a groso modo, dos tipos de ilusión en este gobierno, que llevan, en nuestra opinión, a una política completamente equivocada.

Están aquellos que creen que participando del bloque del gobierno y proponiendo medidas a Lula éste podrá – aunque no rompa con el imperialismo y el capital – hacer algunas reformas, avanzar en algunos grados de soberanía, ser un “gobierno de izquierda“ o “progresista“.
Hay otros compañeros que saben que es necesaria una ruptura, pero creen que es posible – con movilización – empujar al gobierno hacia la izquierda y la ruptura. Para estos, el gobierno Lula sería un gobierno híbrido, sin naturaleza de clase, un gobierno que estaría en disputa. De un lado estaría el FMI y el grueso de la burguesía, de otro, el movimiento, Lula estaría en el medio y podría ser atraído hacia el lado de los trabajadores.

Pero, en primer lugar, no es posible alcanzar la soberanía por dentro del proceso de recolonización, como “socios conflictivos“ con el FMI o en la co-presidencia del Alca con Bush. Y tampoco es posible traer al gobierno Lula hacia la izquierda y empujarlo a la ruptura, porque Lula hizo una opción de clase, de gobernar con la burguesía en los marcos del FMI y del Alca. Este gobierno en su totalidad es un gobierno burgués.

¿Consejos o exigencias?

Lenin orientaba a que ante gobiernos así, la política revolucionaria debería tener dos aspectos: uno por la negativa, que consistía en explicar pacientemente a las masas que ese gobierno era su enemigo y ser oposición irreconciliable a él desde el primer día. El segundo aspecto, por la positiva, debería apuntar al gobierno que los revolucionarios defendían, adaptando a las diversas circunstancias y conciencia de las masas una fórmula de gobierno, que en Rusia pasó por distintas consignas de acuerdo con tales circunstancias: ¡Ninguna confianza en el gobierno provisorio! ¡Fuera los ministros burgueses del go-bierno! ¡Todo el poder a los Soviets!.

En un primer momento, las principales co-rrientes de la izquierda, casi todas militando en el interior del PT, están muy distantes de la propuesta de Lenin para gobiernos de este tipo. Las primeras manifestaciones de las corrientes de izquierda internas del PT dan “consejos“ a Lula.
Aunque estas corrientes compongan un abanico heterogéneo, podemos detenernos en una serie de ellas, como la Democracia Socialista – organización del Secretariado Unificado – que tiene diferencia menores con la corriente mayoritaria del PT y no ve ningún problema en participar directamente de un gobierno de esa naturaleza, visto que ya estuvo en la gestión de Economía y en el centro del gobierno del Estado de Río Grande del Sur, que aplicó la misma política y programa que Lula se propone aplicar en el gobierno central. Incluso tuvo un cuadro de su corriente, Arno Augustin, en el equipo de transición del gobierno Lula (los encargados por la dirección del PT de dirigir la transición del gobierno FHC para el gobierno de la frente popular). Es posible también que otras corrientes de lo que se conoce como izquierda petista entren en el gobierno.

Hay otros sectores que no están de acuerdo con la DS, pero hasta el momento no se proponen ni romper con el PT ni desafiar al gobierno. Al contrario, las primeras declaraciones no sólo alientan ilusiones, sino que son de “consejeros“ de Lula. Es el caso de la entrevista de la diputada Luciana Genro, de la corriente Movimiento de Izquierda Socialista, y que expresa el pensamiento de buena parte de toda esa ala de la izquierda del PT, de la cual reproducimos algunos trechos:

“(…) Creo que continuar siguiendo las políticas del FMI no es el camino para que podamos atender las demandas históricas de los trabajadores (…) Creo que Lula tendría que denunciar ese acuerdo. ¿Qué significa esto? ¿Mañana mismo romper y decir que no queremos saber más nada? No. Significa construir ese ambiente en el país, mostrar que no es posible mejorar la vida de la gente y someterse al FMI. Lula tiene que sentarse a la mesa de negociación respaldado por una población que tenga conciencia de que el FMI es nuestro enemigo (…)“ (diario Folha de S. Paulo – 4/11/2002).

Para Luciana Genro, está bien que Lula esté en negociaciones con el FMI. El problema para ella es que una vez ahí, Lula “tiene dos caminos“ y ella sugiere que Lula opte por el camino de denunciar el FMI, para negociar respaldado por la población conciente de que el FMI es enemigo. Como si el problema fuera que las masas tuviesen enormes ilusiones en el FMI y Lula hubiera sido obligado a ir al FMI para llevar a las masas a tener conciencia de que el Fondo es su enemigo. Pero el problema es justamente el opuesto, las masas tienen ilusiones en Lula, que a su vez ya optó por un camino: gobernar con la burguesía, en los marcos del acuerdo con el FMI. Las masas no tienen ninguna simpatía por el FMI, tienen simpatía y confianza en Lula, que usando su inmenso prestigio, les meterá por la ventana el acuerdo con el FMI.

Y Genro, porque no se propone combatir las falsas ilusiones de las masas en ese gobierno, acaba por no defender ni siquiera la ruptura del acuerdo con el FMI.

Después, ésta dice que burgueses como Sarney no deberían ser parte de un “gobierno que se propone hacer cambios profundos y reales“. O sea, es como si Lula fuera un ingenuo que necesitara ser aconsejado, pues no vería que no se debe tratar de ser un árbitro entre la burguesía y el proletariado. Entonces, para ella la izquierda tendría la gran tarea de mostrarle el “buen camino“ para tales cambios profundos… Ni una palabra de crítica a Lula o contra su política de gobernar con la burguesía, y ni una política clara de exigencia de que ese gobierno rompa con la burguesía y con el FMI, porque de lo contrario atacará a los trabajadores, como ya está haciendo, incluso cuando acepta antes de asumir, aprobar – con reformas – el Presupuesto de FHC y del FMI.

¿Oposición o apoyo crítico?

Por otro lado tenemos las organizaciones y corrientes que tuvieron y tienen un papel destacado en la Campaña Contra el Alca: compañeros del MST, de las Pastorales Sociales, de Consulta Popular… Compañeros que estuvieron a la vanguardia de las luchas en el campo y defienden la ruptura con el imperialismo, con los cuales todos los sectores combativos forman hoy un polo importantísimo para la movilización y para el combate contra el imperialismo.

Pero, acá también hay polémicas sobre la naturaleza del gobierno Lula y las estrategias y tácticas de la izquierda frente a éste. Discusiones estas que deben hacerse de forma clara entre todos – con el objetivo de determinar acuerdos y diferencias.

Es importante identificar en primer lugar, un gran acuerdo: no es posible reformar el Alca ni hacer una “buena negociación“ con el FMI. Es necesario derrotar el Alca y al FMI. Segundo gran acuerdo: el cumplimiento de esas tareas pasa por la movilización de masas, como en la campaña anti-Alca.
Pero hay diferencias y es justamente en relación a la comprensión sobre el carácter y la posición frente al gobierno de frente popular:

Sectores de estos movimientos piensan que – con movilización – es posible empujar al go-bierno Lula hacia la izquierda, hacia el enfrentamiento con el imperialismo. Segundo, a partir de esa evaluación se apunta a una política de apoyo crítico al gobierno.

Esa evaluación y esa política, en nuestra opinión, son equivocadas porque – aunque se mantenga independencia para realizar acciones y conflictos – al mantenerse en el apoyo crítico terminará por formar parte del mismo bloque del gobierno ante las masas, aparecerá como su ala izquierda, crítica, pero jamás constituyéndose como una alternativa de izquierda, independiente: una oposición de izquierda. Quien se quede en una posición así, de apoyo crítico, o de ala izquierda del campo del gobierno, ante las inevitables críticas a la izquierda y enfrentamientos que van a surgir con ese campo, acabará obligado a hacer el papel de defensor del gobierno, reproduciendo así la presión del gobierno contra posiciones más a la izquierda.

Porque, históricamente, esas posiciones quedaron conocidas como las del Frente Popular de Combate. Los bloques de Frente Popular de Combate terminaron en el medio de un enfrentamiento entre las masas y los gobiernos burgueses de colaboración de clases, desgastándose de los dos lados y, peor aún, sin construir una alternativa de izquierda y revolucionaria frente a estos. Y ahí está el gran problema, pues estos gobiernos acabaron la mayoría de las veces – siempre que no existió una alternativa revolucionaria de peso – llevando a la derrota de los trabajadores.

El primer comunicado del MST sobre el nuevo gobierno salió con el título “Al pueblo brasileño y al presidente Lula“, y sus trechos más importantes se refieren a la relación de los trabajadores con el nuevo gobierno:
“2- el pueblo brasileño dice no a este modelo económico y agrícola y eligió al presidente Lula. Es una victoria del pueblo. Es una derrota de las elites y de su proyecto.
3- el MST combatió ese proyecto y por eso fuimos perseguidos e injuriados… Ahora nos sentimos orgullosos y victoriosos con la campaña del compañero Lula.
5- Estamos seguros de que es posible derrotar al latifundio, por la organización del pueblo y por la voluntad política del nuevo gobierno. Para nosotros, el enemigo es el latifundio y el gobierno Lula va a desempeñar un papel fundamental para democratizar la propiedad de la tier-ra en Brasil.
8- Mantendremos la necesaria autonomía en relación al estado, pero contribuiremos en todo lo que sea posible con el nuevo gobierno, para que se produzca la tan soñada reforma agraria.
10- Llamamos a todos los trabajadores y trabajadoras, a la sociedad brasileña en general, a que se organicen, se movilicen y nos ayuden a hacer la reforma agraria. Un Brasil más justo e igualitario es posible. ¡La hora es esta!“.

La visión que atraviesa el manifiesto es que se apoya al gobierno para que éste pueda cumplir su supuesta política de reforma agraria. La idea es mantener la autonomía del movimiento, pero centrar en la presión sobre el nuevo gobierno desde una posición de apoyo y se elogia incluso el “papel fundamental en la reforma agraria“ que este gobierno podrá cumplir. Ni una palabra sobre las alianzas que la dirección del PT está buscando con la burguesía (incluso la oligarquía latifundista) ni sobre la continuidad de los acuerdos con el FMI y sobre la política de seguir negociando el Alca (cuando el MST ha sido una pieza fundamental del movimiento anti-Alca).

Se apuesta a la presión del movimiento para presionar al gobierno de frente popular para que dé curso a las reivindicaciones sectoriales y no se levanta nada que pueda aparecer como opuesto a la política del gobierno electo.

Construir un nuevo partido revolucionario

Trotsky dijo, sobre la derrota de la Revolución del 36 en Francia bajo el gobierno de frente popular: “Los obreros fueron incapaces de reconocer al enemigo porque éste se disfrazaba de amigo“1. Este problema de la claridad sobre la naturaleza del gobierno de frente popular puede ser el gran obstáculo para el avance de la revolución brasileña y por eso mismo es el gran desafío para las fuerzas que se reivindican de la izquierda revolucionaria en Brasil. En realidad, si la izquierda petista quiere mantenerse socialista, debe enfrentar ya la política de colaboración de clases de la dirección del PT y avanzar en el camino de la ruptura con ese partido. El PSTU hizo un llamado a las corrientes de la izquierda petista: sean oposición a este gobierno de conciliación, capitalista e imperialista, entren en la vía de la ruptura con el PT y discutamos un programa y un nuevo partido revolucionario, en alternativa al PT.

Y especialmente los compañeros que están en la campaña contra el Alca pueden tener una gran responsabilidad: abrir un debate con todas las fuerzas de la izquierda revolucionaria sobre el programa para construir un poderoso partido revolucionario en alternativa al PT.

Por un lado, la firmeza y fortalecimiento de un polo revolucionario desde ya, escapando al sectarismo y al oportunismo, enfrentando las presiones y si-guiendo los consejos de Lenin. Por otro, la unidad de acción en la lucha y, al mismo tiempo, la discusión, el debate programático y político entre todos los sectores combativos. Estos dos pasos son decisivos en períodos como el que se va a abrir con la llegada del frente popular al gobierno, como alertaban los grandes dirigentes marxistas revolucionarios.

Notas
T1 Trotsky – citado por Daniel Guerin – Front Populaire, revolution manquée – París; Maspero, 1976.